Extrañas en su propia tierra: familias dueñas de la ‘zona cero’ del volcán reclaman sus derechos

Félix, Beatriz, Laura y Juan contemplan con impotencia y tristeza cómo desde hace muchos meses tras la erupción les prohíben llegar a sus propiedades en el entorno inmediato del nuevo volcán de Cumbre Vieja. Señales de prohibido el paso jalonan un negro paisaje destruido y construido por la naturaleza en 85 días infernales. Se sienten tratados por las Administraciones públicas como si no fueran propietarios de ese lugar, nada saben sobré cuál es el futuro que se planifica en los despachos para sus fincas y si podrán obtener parte de los beneficios del geoturismo que se avecina.

Una barrera y una caseta de información turística marcan el final de la zona de tránsito permitido en una recta de la antigua carretera de San Nicolás (LP-212), que ahora se dirige hacia ninguna parte, hacia el interior de unas nuevas coladas de lava que alcanzan decenas de metros de altura.

Félix, Beatriz, Laura y Juan, durante la entrevista, con el volcán y sus propiedades a sus espaldas.

Allí EL VALLE se reúne con cuatro propietarios cuya queja es la misma: no pueden pasar a ver lo que quedó de sus propiedades, sepultadas bajo metros de ceniza; no les han comunicado nada por escrito, ni una razón convincente para no poder pasar; ningún responsable público ni funcionario se ha reunido con ellos; ninguna Administración pública les ha informado de lo que se está planificando para sus propiedades, si las podrán volver a usar, si se van a incluir en un espacio natural protegido nuevo, si se les expropiará o si se les compensará económicamente por su explotación como nuevo recurso para el geoturismo…. No saben nada, son extraños en su propia tierra.

Laura: «Me siento olvidada, nos tratan como si fuéramos un rebaño»

Laura Camacho explica que ella representa a una familia que heredó de su padre unos viñedos de casi 10.000 metros cuadrados y otra finca en las inmediaciones del volcán: “No he podido volver a ese lugar; las únicas explicaciones es que hay gases y se puede hundir el terreno, adonde no he podido volver, pero por personas de Gesplan y nunca nada por escrito”.

Ella no rechaza que se convierta en un paisaje visitado por el turismo, pero pide que “no se deje de lado” a los propietarios, que reciban una compensación justa, tanto si hay quien prefiere la explotación como mantener sus propiedad y llegar a otro tipo de acuerdo económico. “Queremos saber la verdad ya sobre lo que está previsto”, reclama Laura.

Confiesa que tuvo la suerte de no perder su casa, pero que esta catástrofe le ha dejado “una profunda tristeza” y que se ha sentido “olvidada por las autoridades” porque no se les toma en cuenta. “Nos tratan como si fuéramos un rebaño pero somos adultos, que nos digan la verdad”, se queja.

Félix: «No quiero que el pastel del turismo se lo lleve uno solo con mis terrenos»

Igual se siente Félix Rodríguez, que heredó de su abuelo unos terrenos ahora bajo la ceniza en las proximidades del nuevo volcán. Solo ha podido ver su propiedad a través de una pantalla de televisión y con un dron, un día en que le acompañaron dos agentes de Medioambiente y dos miembros de Alfa Tango. “Yo pensé que me iban a llevar hasta mi finca, en la que no piso desde agosto del año pasado; pero sacaron un dron, me pusieron una pantalla grande y eso fue todo”, se lamenta, pues además “los científicos sí pueden ir pero yo no puedo entrar”. “Soy propietario y no lo soy porque por lo visto no es mío; ya no se sabe de quién es; yo lo tengo en una escritura pública y registrada pero por lo visto es como si no tuviera nada porque no puedo acceder ni acompañado”, expone, resumiendo el estado de incertidumbre que sufre.

Él tampoco se opone a que se aproveche la zona para el turismo como si de un nuevo Timanfaya se tratase, pero resume con claridad cuál es su pretensión: “Yo no quiero que me expropien, sino que el pastel no se lo coja uno solo sino que participen los dueños de los terrenos. No tengo interés ninguno ni en regalar ni en vender mi finca”.

Y es aquí donde surgen los recuerdos, como si desde el suelo que pisa ascendiera la sabia de los antepasados: “Esa finca me la dejó mi abuelo y he tenido mil ofertas para venderla, me la pagaban bien en su época, pero no la he querido vender”.

Félix se emociona, se le entrecorta la voz y derrama unas lágrimas, cuando cuenta lo que le ocurrió a su abuelo: “Esa finca esa fue su muerte. Era un hombre mayor, vino en la época cuando la uva estaba madurando y había muchos lagartos en un montón de sarmientos; y para evitar que se comieran las uvas se le ocurrió darle fuego a esa leña; lo hizo inconscientemente, y como era verano,  se metió aire de abajo y se propagó el fuego por la hierba seca.  Se quemó brazos y piernas tratando de apagar las llamas, pero cuando vio que el fuego era más valiente, se dijo: ‘Esto está perdido’, y se fue caminando a Tajuya y allí estaba el guardamontes esperándole».

Félix Rodríguez.

Mi abuelo nunca se había visto enredado en problemas con la Justicia; así que recapacitó y se dijo: ‘Este es el final mío, pues lo mío no alcanza para pagar los daños que he creado’. Le entró una fuerte depresión y al año y pico murió de eso, por la pena”

El emotivo relato de Félix envuelve la conversación de los sentimientos más nobles del ser humano. Y concluye, tragando nudos, su remembranza: “Cuando la erupción de volcán de San Juan, este abuelo mío perdió una finca por la lava, y otro abuelo también; yo tuve más suerte que ellos, el volcán no se llevó mi finca, solo está sepultada”.

Beatriz: «Quiero que siga siendo mi finca, no voy a aceptar una expropiación con una Ley de Franco»

A su lado, Beatriz Castro escucha con gran interés lo que cuenta Félix, y lo consuela cuando se emociona. Esta traductora palmera, que domina cinco idiomas y que ha hecho su vida en Alemania pero se encuentra en La Palma a raíz de la erupción, también tiene unos terrenos y una bodega de paredes de piedra sin terminar a poca distancia del nuevo cráter. Reclamó al Cabildo que le ayudaran a desenterrar sus cepas de viña centenarias y la construcción, “pero ha pasado un año y no me han respondido”.

La última vez que vio su finca fue en junio, “y vi con tristeza cómo las cepas estaban la mayoría muertas, aunque hay dos o tres que están reventando de nuevo, al igual que los pinos y una higuera”. Hoy en día se encuentra desesperada porque “está todo abandonado y sepultado; no puedo entrar a limpiarlo con mis manos, ni el Cabildo me ayuda; es el perro que ni come ni deja comer”

Beatriz Castro.

En octubre pasado, cansada de tanta prohibición en su propiedad, se camufló en el paisaje vestida de negro y cuando iba por el camino que está rehabilitando el Cabildo para el turismo de senderos, una persona de Gesplan le dijo que no podía estar allí, pero al exigirle por escrito esa prohibición le comentó que no disponía de esa documentación, y que llamaría a la Guardia Civil si no salía de la zona de exclusión. “Me sentí amenazada, y nadie me ha dado explicaciones de por qué no puedo llegar a mis propiedades”, protesta Beatriz.

Ella tampoco está en contra de la protección paisajística ni de que el turismo disfrute de esa nueva naturaleza. Pero tiene claro lo que quiere: “No me gustaría que me expropiaran, no voy a aceptar una expropiación por tan poco dinero con una Ley de Expropiación arcaica, de Franco; quiero que siga siendo mío”.

Beatriz insiste en que no va a poner obstáculo para que se saque provecho del turismo en ese lugar , pero cree que lo justo es que los propietarios puedan también recibir beneficios: “Si se va a hacer algo como en Timanfaya, por mi y mis herederos quisiera tener participación en los beneficios”.

Cuando llegó de Alemania y vivió la erupción, a Beatriz le pareció “como una guerra”: “Por la noche sentíamos miedo, porque las ventanas vibraban, la gente empezó a llorar; había impotencia y rabia”.

Pero ella es positiva, ha pasado por situaciones difíciles en su vida, y su esperanza es de horizontes amplios: “A las personas damnificadas nos olvidaron, pero vamos a darle le vuelta a la tortilla, a sacarles algo positivo a esto que la naturaleza en el fondo nos ha regalado, vamos a sacarle algo de provecho como en Timanfaya o el Teide, pues este volcán es un diamante que tenemos ahora en La Palma”.

Juan José Felipe.

En la entrevista está presente también Juan José Felipe Jerónimo, también afectado por la erupción, y con terrenos en la zona cero. Aunque prefiere no hablar, suscribe lo que las demás personas han comentado, y sale en los vídeos y las fotos porque quiere, como las otras tres personas entrevistadas, reclamar así también sus derechos.

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